Todos los Santos: cuando el calendario señala la ausencia

PARA TRANSITAR TU DUELO

Lidia Arenós Pérez

8 min read

a couple of figurines that are next to each other
a couple of figurines that are next to each other

Hay un día del año en que el duelo deja de ser algo privado. El 1 de noviembre llega puntual, sin preguntar si estás preparada, y coloca la pérdida en mitad de la mesa. Se habla de flores, de horarios, de quién lleva el coche, de si este año se va por la mañana o por la tarde. Y tú, que llevas meses sosteniendo esa ausencia en silencio, de pronto tienes que sostenerla también delante de todos.

Para muchas personas, los días previos son peores que el día en sí. Empiezan a aparecer los crisantemos en los supermercados a mediados de octubre. Alguien menciona el cementerio en una conversación de paso. La luz cambia, oscurece antes, y el cuerpo —que tiene una memoria mucho más fiel que la cabeza— empieza a anticipar algo antes de que sepas ponerle nombre.

Si estás leyendo esto en octubre, con esa fecha acercándose como acercándose está, quiero decirte lo primero de todo: lo que sientes tiene sentido. No estás exagerando. No estás retrocediendo. Estás atravesando un día que la cultura ha señalado precisamente para eso.

Un día que existe porque alguien entendió algo

Conviene recordar de dónde viene todo esto. Durante siglos, las comunidades necesitaron una fecha común para ocuparse de sus muertos. No por devoción únicamente, sino por una necesidad muy práctica y muy humana: alguien tenía que decidir cuándo se llora en grupo.

Esa es la función que cumplía el 1 de noviembre. Un día en el que estaba permitido —incluso esperado— hablar de los que ya no estaban, limpiar sus tumbas, cocinar lo que les gustaba, contar otra vez las mismas historias. El dolor salía de las casas y se hacía colectivo durante unas horas. Y después la vida seguía, pero con la ausencia reconocida por todos.

Hoy hemos conservado la fecha y hemos perdido casi todo lo demás. El cementerio se visita con prisa, entre obligaciones. Los rituales se han quedado en gestos vacíos que muchos repiten sin saber muy bien por qué. Y el permiso para llorar en público, ese que la fecha otorgaba, se ha ido estrechando hasta desaparecer casi del todo.

Hay algo que se ha perdido ahí. No lo digo con nostalgia de otros tiempos, sino con una observación muy concreta: las personas en duelo necesitan lugares y momentos donde su pérdida sea visible sin que haya que explicarla. Cuando esos espacios desaparecen, el duelo no se reduce. Simplemente se vuelve más solitario.

Lo que hace difícil este día

No hay una única forma de que el 1 de noviembre duela. Estas son algunas de las que más veces he acompañado.

El primero

El primer Todos los Santos después de una muerte tiene algo de examen. Es la primera vez que la fecha llega con la ausencia todavía en carne viva, y suele venir acompañada de una expectativa tácita: la familia esperando ver cómo estás, tú misma vigilándote para comprobar si aguantas.

Muchas personas descubren ese día que no estaban tan bien como creían. Habían construido una rutina razonable, habían vuelto al trabajo, habían aprendido a decir "voy tirando" con una sonrisa aceptable. Y de pronto, delante de una lápida o de una foto, todo eso se cae.

No se ha caído nada. Lo que ocurre es que el duelo no avanza en línea recta, y las fechas señaladas funcionan como puertas que se abren de golpe. Pasarlo mal ese día no significa que hayas vuelto al principio.

El quinto, el décimo, el vigésimo

Y luego está lo contrario, de lo que casi nadie habla: el año en que la fecha llega y no duele como antes.

Vas al cementerio, colocas las flores, te quedas un rato, y notas que estás pensando en la compra. Que el nudo no aparece. Que has estado más presente en la conversación del coche que delante de la tumba. Y entonces llega la culpa, que en el duelo tiene una puntería excelente y siempre encuentra el hueco.

Quiero ser muy clara con esto, porque veo mucho sufrimiento innecesario ahí: que duela menos no significa que quieras menos. El vínculo no se mide en intensidad de dolor. Con los años, el recuerdo deja de ser una herida abierta y se convierte en otra cosa, más serena, más habitable, que sigue estando ahí. Eso no es olvido ni deslealtad. Es que la pérdida ha encontrado su sitio dentro de tu vida.

Cuando no hay un lugar al que ir

Este es, quizá, el caso más invisible de todos.

Todos los Santos está construido alrededor de un lugar físico: una tumba, un nicho, un cementerio. Pero hay muchísimas pérdidas que no tienen dirección postal.

Las cenizas que se esparcieron en un sitio al que no puedes volver. La persona enterrada a mil kilómetros, o en otro país. El embarazo que no llegó a término y del que nadie habla. El vínculo roto con alguien que sigue vivo pero que ya no está. Y, muy especialmente, los animales con los que hemos compartido la vida.

Quien ha perdido a su compañero animal sabe perfectamente lo que es llegar al 1 de noviembre y no tener ningún lugar reconocido donde poner su dolor. Nadie propone ir a visitarle. Nadie lleva flores. Si dijeras en voz alta que ese día echas de menos a tu perra, probablemente alguien cambiaría de tema con amabilidad.

Ese es el duelo desautorizado: el que existe, el que duele exactamente igual, pero que la sociedad no reconoce como merecedor de rituales. Y en una fecha construida entera sobre el ritual colectivo, quedarse fuera duele el doble.

Si estás en esa situación, lo que sigue va especialmente para ti.

Cinco cosas que puedes hacer con ese día

No son consejos para que la fecha no duela. Van a doler, al menos algunos años. Son formas de atravesarla con algo de cuidado hacia ti misma.

Decide tú. Este es el más importante y el que más cuesta. El 1 de noviembre viene con un guion familiar heredado y rara vez alguien pregunta si te sirve. Puedes ir. Puedes no ir. Puedes ir a otra hora, cuando no haya nadie. Puedes ir sola y quedarte el tiempo que quieras, no el tiempo que dure la visita del grupo. Ninguna de esas opciones te convierte en mala hija, mala hermana o mala compañera. Un ritual que se cumple por obligación y contra el propio cuerpo no acompaña a nadie.

Avisa antes. Si vas a estar con gente, decir de antemano cómo estás evita muchas escenas incómodas. Algo tan sencillo como "puede que me aparte un rato, no os preocupéis" le ahorra a todo el mundo la interpretación. Y a ti te da permiso de salida.

Crea tu propio rito si no tienes lugar. Aquí hay mucho margen y mucha libertad. Cocinar lo que le gustaba. Poner su música y no hacer nada más durante ese rato. Encender una vela y escribirle una carta. Ir al parque donde paseabais cada tarde. Colocar su foto en algún sitio donde normalmente no está. Sacar la caja de cosas que guardaste y mirarla con calma. Los rituales no valen por su solemnidad, sino porque dedican un tiempo concreto a una persona concreta. Eso es todo lo que hace falta.

Hazlo con alguien, si puedes. Hay una diferencia enorme entre recordar en soledad y recordar acompañada. Buscar a alguien que también le quisiera y pasar un rato contando cosas —incluidas las graciosas, incluidas las que no le dejaban en buen lugar— hace que la memoria deje de ser un peso que cargas tú sola. Si no hay nadie cerca, una llamada sirve.

Prepara el día siguiente. El 2 de noviembre suele ser un día extraño, de resaca emocional, y casi nadie lo tiene en cuenta. Déjate poco encima. Una tarde sin planes, algo sencillo de comer, nada que requiera estar brillante. Cuidarse después también es parte del ritual.

Los niños y la fecha

Se pregunta poco por esto y merece un apartado.

Existe una tendencia muy extendida a proteger a los niños de estos días: no llevarlos al cementerio, no hablar delante de ellos, cambiar de conversación cuando aparecen. La intención es buena y el efecto suele ser el contrario del que se busca.

Los niños perciben el ambiente con una precisión notable. Saben que ese día pasa algo. Si nadie lo nombra, llenan el vacío con sus propias explicaciones, que casi siempre son peores que la realidad, y además aprenden algo que les acompañará mucho tiempo: que de esto no se habla.

Nombrar la fecha con naturalidad, en un lenguaje adecuado a su edad, y permitirles participar si quieren —llevar una flor, elegir una foto, decir algo en voz alta— les enseña algo valioso: que la muerte forma parte de la vida y que el dolor se puede compartir. También les da permiso para preguntar. Y las preguntas de los niños, aunque a veces lleguen en el peor momento, son mucho más manejables que el silencio.

Recordar no es quedarse atrás

Hay una idea muy instalada que conviene desmontar, y esta fecha la saca a la superficie cada año: la creencia de que recordar mucho impide avanzar. Que quien visita, quien conserva, quien habla de su muerto, está "anclado".

En el acompañamiento al duelo vemos lo contrario con bastante claridad. Las personas que peor lo pasan a largo plazo no suelen ser las que recuerdan, sino las que han tenido que hacerlo a escondidas. Las que recibieron el mensaje, explícito o no, de que ya tocaba estar bien. Las que aprendieron a no mencionar el nombre para no incomodar.

El vínculo con quien se ha ido no desaparece con la muerte. Cambia de forma. Deja de ser presencia y se convierte en memoria, en gestos heredados, en frases que dices y que no son tuyas, en la manera concreta en que esa persona o ese animal te cambió. Eso no se supera, porque no es un obstáculo. Se integra, porque forma parte de quien eres ahora.

Todos los Santos, en el mejor de los casos, sirve exactamente para eso: para dedicar un día a lo que llevas contigo el resto del año.

Si este año se te hace cuesta arriba

No todos los años pesan igual. Hay algunos en que la fecha se atraviesa casi sin darse cuenta, y otros en que el mes de octubre entero se vuelve difícil.

Si este es uno de esos años, permíteme decirte dos cosas.

La primera es que no necesitas justificarlo. No hace falta que la muerte sea reciente, ni que el vínculo fuera de los que la gente considera importantes, ni que haya ocurrido nada especial. El duelo tiene sus propios tiempos y responde a cosas que no siempre entendemos.

La segunda es que no tienes por qué atravesarlo sola. Compartir el dolor no lo elimina, pero cambia su peso de una forma que cuesta explicar hasta que se experimenta. A veces basta con una conversación con quien no tiene prisa por que estés bien.

En Amara acompañamos ese camino: el duelo por quien murió, por lo que se rompió, por el animal que compartió tu vida durante años. Sin plazos, sin fases obligatorias, sin que nadie te pida que pases página. Solo un espacio donde tu pérdida sea reconocida tal como es.

Que este 1 de noviembre puedas hacerlo a tu manera. Es lo único que esa fecha debería pedirte.

Si necesitas acompañamiento en tu proceso

Algunas lecturas pueden ayudarte a ordenar lo que sientes, pero a veces el duelo necesita un espacio más cuidado y personalizado.

En Amara puedes encontrar acompañamiento terapéutico para transitar la pérdida a tu ritmo, con sesiones online y una primera valoración gratuita.