AMARA
Transitar un duelo es una de las experiencias más dolorosas de nuestra vida.
Atravesar la pérdida de un compañero animal es una de las experiencias más profundas y, a menudo, más solitarias de nuestra vida.
Si hoy estás aquí, es probable que estés viviendo uno de esos momentos de vacío absoluto. Quizás tu gran compañero ha muerto y el silencio en casa se ha vuelto insoportable, o tal vez has recibido un diagnóstico difícil y no sabes cómo gestionar el miedo al desenlace inevitable.
Sea como sea, es muy posible que:
Sientas que el mundo minimiza tu dolor con frases como "solo era un perro" o "puedes tener otro".
Te cueste aceptar que ese ser que te recibía cada día ya no está físicamente.
Sientas culpa por decisiones que tuviste que tomar o por cosas que crees que no hiciste.
El dolor te genere una angustia que te impide seguir con tu rutina.
Te sientas solo en tu sufrimiento, creyendo que nadie entiende la magnitud de tu pérdida.
Estés atrapado en los últimos momentos, olvidando los años de alegría compartida.
Si esto te resulta familiar, estás en el lugar adecuado.


Tu dolor es real y merece ser sostenido
Quiero acompañarte a transitar tu proceso de duelo de una manera consciente y calmada. Porque así es como yo entiendo este camino y así es como yo lo viví tras la partida de mi compañero Pivo.
Estamos preparados para sobrevivir a las heridas del alma, incluso cuando estas nacen de la pérdida de un amor tan puro como el de un animal. Pero, al igual que una herida física, el corazón a veces necesita el cuidado de un profesional y, sobre todo, tiempo para que el dolor se transforme en una cicatriz que forme parte de tu historia, sin que te impida caminar.
Mi propósito es acompañarte en esa transformación. Con la paciencia que requiere el alma, pero también con las herramientas que he desarrollado tras 20 años de experiencia en clínica veterinaria, siendo testigo de miles de despedidas.
Juntos vamos a abrir un espacio libre de juicios en Amara. Un refugio donde puedas conectar con tu fuerza interior y con tu pérdida, trascendiendo el plano físico para que, poco a poco y de forma natural, el dolor se transforme en la paz de haber compartido la vida.
La crisis que trae la muerte de un animal puede ser devastadora, pero una vez atravesada, nos regala una capacidad asombrosa de crecimiento y una nueva forma de amar.
Acompaño a personas que, como tú, están en un proceso de duelo y necesitan calmar la tormenta emocional que trae la ausencia.
Estoy convencida de que no tienes que vivir en la tristeza permanente. Puedes elaborar un duelo respetuoso, calmado y transformador, sintiéndote en paz con el vínculo que creaste.
A través de un duelo consciente, aprenderás a integrar su legado en tu día a día, comprendiendo que aunque la vida es finita, el amor que sembrasteis es eterno.



Voces de quienes han transformado su dolor en amor y a las que he tenido el honor de acompañar.
"Un refugio sin juicios"
"Buscaba una terapeuta de duelo animal que no minimizara mi pérdida. En las sesiones con ella encontré un espacio sagrado donde pude llorar a mi gato sin miedo al 'solo era un animal'. He aprendido que su amor no se ha ido, solo se ha transformado".
Javier L. (Compañero de Simba)
"Por fin alguien que entendió mi dolor"
"Sentía que nadie entendía el vacío que dejó Luna en mi casa. Gracias al acompañamiento de Lidia, pude dejar de sentirme culpable por la decisión de la eutanasia y empezar a recordar los 14 años de alegría. El enfoque desde la experiencia veterinaria me dio mucha seguridad".
María G. (Mamá de Luna)
"El dolor dejó de ser un enemigo para convertirse en paz"
"Llegué a Amara porque sentía que me estaba rompiendo por dentro y no sabía cómo continuar con mi vida. Había pasado casi un año desde que murió mi compañero de vida, Lupo, y aun así seguía sintiendo que todo me quedaba grande: la casa, el silencio, las rutinas... Pensaba que ya ‘debería estar mejor’, y esa idea me estaba haciendo más daño que el propio duelo.
Con Lidia encontré algo que no había encontrado en ningún otro sitio: un espacio donde no tenía que justificar mi dolor ni ponerle buena cara. Ella no me dijo que tenía que ser fuerte. Me dijo que tenía derecho a sentir. Y eso, aunque parezca pequeño, me cambió la vida.
Aprendí a entender mis oleadas, a escuchar mi cuerpo, a dejar de pelearme con mis emociones. No desapareció el dolor, pero dejó de ser un enemigo. Ahora siento que camino con él, no contra él. Y eso me ha devuelto una paz que pensé que no volvería a sentir.”
Carmen S. (y su inolvidable Lupo)
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