La pérdida que me trajo hasta aquí
HISTORIAS REALES
Lidia Arenós Pérez
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Hoy voy a contaros mi historia personal. Me llamo Lidia y soy terapeuta especializada en procesos de duelo y auxiliar de clínica veterinaria. Llevo veinte años acompañando a otras personas en las salas de espera de una clínica veterinaria. Acompañando a sus compañeros de vida en sus últimos momentos, en su último aliento. He sostenido manos que temblaban antes de firmar un consentimiento. He traducido diagnósticos difíciles a un lenguaje que no doliera más de lo necesario. He estado presente en despedidas que no siempre tenían testigos fuera de esa sala, porque a veces la persona que más quería a ese animal no podía soportar estar ahí, y otras veces era la única que podía. He visto el duelo en todas sus formas antes incluso de que empezara: en la voz que se quiebra al decir un nombre, en las manos que no sueltan, en el silencio de quien ya sabe lo que va a pasar pero necesita que alguien más lo diga en voz alta.
Creía que eso me había preparado para todo lo que estaba por venir. Que veinte años sosteniendo el dolor ajeno me habían dado algún tipo de entrenamiento, una distancia profesional, una forma de saber qué hacer con la pérdida cuando llegara la mía.
No me preparó para cuando murió Pivo.
Pivo era un ser muy especial en mi vida, él estuvo a mi lado en los mejores y también el los peores momentos, fueron 17 años de puro amor. Tenía sus rutinas, y yo aprendí a vivir dentro de ellas sin darme cuenta, de esa manera en que uno se acostumbra a lo esencial sin nombrarlo como tal. Había un momento del día que era suyo —solo suyo— y ese momento se convirtió, sin que yo lo decidiera, en la parte más segura de mi día. No hacía falta que pasara nada especial. No hacía falta ningún gesto extraordinario. Bastaba con que estuviera. Bastaba con saber que, pasara lo que pasara fuera de casa, ahí dentro había algo que no cambiaba.
Y entonces cambió.
Hubo un antes y un después, y la línea entre los dos fue mucho más nítida de lo que nunca imaginé. No fue una transición, fue un corte. Recuerdo el silencio concreto de esos días: no el silencio general de la tristeza, ese que uno espera y para el que casi se prepara, sino uno muy específico, muy físico, el de una casa que de pronto tenía un sonido de menos. Un silencio con forma. Con un lugar exacto donde antes había otra cosa.
No hubo días libres en el trabajo. Nadie tachó una fecha en su calendario. El duelo por un compañero animal no viene con protocolo social: no hay tarjetas de pésame, no hay flores que alguien mande a la puerta de casa, no siempre hay quien pregunte "¿cómo estás?" pasada la primera semana, porque para el mundo de fuera la vida sigue teniendo la misma forma de siempre. Y sin embargo, ahí estaba yo, con veinte años de experiencia sosteniendo el dolor ajeno, sin saber muy bien dónde poner el mío. Sin permiso, sin ritual, sin ese espacio social que sí existe, aunque sea insuficiente, para otras pérdidas.
Volví a la clínica al día siguiente. Porque había pacientes esperando, porque la vida profesional no se detiene aunque la propia sí lo haga, porque así es como una aprende a funcionar cuando no le queda otra. Y fue precisamente ahí, sosteniendo el duelo de otras personas mientras cargaba el mío sin nombrar, donde entendí algo con una claridad que no pedí y que no supe recibir bien al principio: nadie supo como acompañarme cuando murió Pivo. Había construido una vida entera alrededor de sostener a otros en ese umbral, y no tenía ni idea de cómo sostenerme a mí misma en él.
De ahí nació primero un libro, Mi reino sin sentido, porque necesitaba poner a Pivo en palabras antes de poder ponerlo en ningún otro sitio. Escribir fue la única forma que encontré de darle un lugar a algo que no tenía dónde ir. Y del libro nació Amara: la idea, cada vez más clara, de que este acompañamiento —el que yo eché en falta cuando más lo necesité— tenía que existir para quien viniera después. No como teoría. Como algo que yo hubiera querido tener al lado en esos días de silencio con forma.
No escribo esto para que sientas que ya está "superado". En Amara no creo en superar el duelo, creo en integrarlo: Pivo sigue formando parte de quien soy, de la misma manera en que seguirá formando parte de ti la pérdida que te haya traído hasta este texto. No se trata de dejarlo atrás. Se trata de encontrar un lugar donde quepa, sin que ese lugar te impida seguir viviendo.
Si estás aquí, probablemente sea porque alguien te enseñó algo que no querías aprender así. No estás exagerando. No es "solo un animal". Y no tienes que atravesarlo sola.
Lo que Pivo me enseñó sobre el duelo
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Algunas lecturas pueden ayudarte a ordenar lo que sientes, pero a veces el duelo necesita un espacio más cuidado y personalizado.
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Lidia Arenós - Terapeuta especializada en procesos de duelo
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